domingo, 27 de agosto de 2017

Como pollo sin cabeza.

Hoy vengo a hablar de un aspecto que me he cuestionado estos últimos cinco años. Como educadora social, siempre me han enseñado a trabajar con colectivos en situación o en riesgo de exclusión social, a que personas con X problemáticas (problemas con sustancias psicoactivas, familiares, dependencia...) sean capaces de desarrollar su propia vida superando cualquier adversidad. Nosotros/as somos las personas que les acompañamos en su camino.

Pero, poco a poco, me iba cuestionando el por qué de esas situaciones. "Siempre ha habido ricos y pobres, siempre ha habido injusticias, siempre ha habido marginados": me decían. Pero cuando no paras de trabajar en esto es cuando ves la otra cara de la moneda: el problema en nuestra sociedad (aunque ELLOS nos hagan pensar que sí) no son estas personas, solo son una consecuencia y víctimas del mundo en el que vivimos. Entonces es cuando comienzas a ver que las personas con las que debes trabajar es el público en general, pues todos estamos interconectados. Como decía el antiguo proverbio chino "el leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo".

Esta carrera no te enseña a hacer cosas (que también) sino que, sobre todo, te enseña una maravillosa filosofía de vida, te enseña a quitarte el antifaz que no te dejaba ver y te permite ver más allá. Por esto, es por lo que opino que no debería ser una carrera sino "educación social como educación obligatoria a lo largo de la vida".

Últimamente estoy adentrándome más en el continente africano y siempre me hago las mismas preguntas:
¿Por qué la gente no se cuestiona nada?
¿Por qué el etnocentrismo nos vence dividiéndonos entre "nosotros" y "ellos"?
¿Por qué no somos conscientes de que lo que nos enseñan en las escuelas sobre historia no es elegido al azar?
¿Por qué no nos documentamos, por qué no tenemos interés en nada de lo que pasa a nuestro alrededor?
Y lo más importante, ¿por qué esa irresponsabilidad social? ¿por qué no nos creemos responsables de nada de lo que pase en el mundo?

Por qué, por qué no vemos que nosotros como mujeres y hombres blancos ya gozamos de ese privilegio y ventaja que otros no tienen. Y que, como país históricamente colonizador, ya tenemos un vínculo con lo que pasa en ese continente. 

Y ya que no podemos hacer nada porque "eso no depende de nosotros", qué menos que adjudicarnos la responsabilidad como sociedades de abrirnos y educarnos, y de adquirir conocimientos sobre el mundo en el que vivimos. Porque la globalización no solo implica estar conectados económicamente y empresarialmente, sino también el conocimiento mutuo entre nosotros.




viernes, 14 de octubre de 2016

El abismo.

Dejemos a un lado las interpretaciones literales, los "ah, en esto me manejo yo". Miremos más allá y no nos dejemos llevar solo por lo simple. ¿Qué es el abismo? 

Normalmente se califica como algo negativo, peligroso e incomprensible: desconocido. Suele transmitir miedo y vértigo, ni siquiera somos capaces de asomarnos al mismo. Pero, ¿y si le diéramos la vuelta a ese pensamiento? 

Quizás la superficie lisa no representa más que nuestra vida lineal, nuestra zona de confort. En compensación, tenemos el abismo protagonizando el terreno de los sueños. Ese gran cambio, ese gran salto de nivel al que nos cuesta tanto adentrarnos. Solo los valientes que dan el salto más grande, los que se tiran de cabeza a la piscina, son los que consiguen llegar al abismo. Infinito, por cierto, pues su límite está en nuestra mente.

No será fácil llegar al abismo pues aparecerán muchas piedras y baches por el camino: "No lo hagas, eso es peligroso para ti, ¿en qué piensas?" Pero sin duda, el peor enemigo al que tendrás que enfrentarte serás tú mismo, la peor lucha que presenciarás jamás. Por ello, muchxs se rinden sin intentarlo siquiera. Entonces, ¿si tenemos miedo de nuestra persona cómo no vamos a tenerlo del abismo?, ¿miedo al abismo o a lo que implica llegar a él?